EL AMOR DE UNA DAMA Y LA INFAMIA DE UN CABALLERO

Érase una vez que se era una dama honesta y virtuosa, firme y guerrera, única y entregada, forjada en mil batallas de las de antaño, de aquellas que los siglos contemplan, de aquellas que loan los libros de Historia. El mar teñía de azul sus vestidos; el ocre de la tierra alimentaba a los hombres recios que a ella adoraban; el cálido verde inundaba como una ola de color puro todo aquello que nuestra vista anhelaba.

Esta dama era famosa (en el sentido renacentista de la palabra y no en el actual belenestabaniano); su nombre, Cantabria, era llevado con orgullo por aquellos que de su recio porte se alejaban. Portaba con dignidad el estandarte de la fuerza y el valor, acogía como suyos a los que a sus puertas llamaban buscando cobijo y su hermosura era conocida allende los mares.

Tales eran sus virtudes, exaltadas en rimas y coplas, que un día de infausto recuerdo un infame caballero la cortejó sin denuedo ni descanso. El caballero, proveniente de Polaciones y de nombre Revilla, cantó, cual trovador de tercera, su amor por la dama, su pasión y su desaforada entrega. Hechizada como la tripulación de Ulises ante las sirenas, la dama Cantabria creyó sus palabras, palabras bienintencionadas, rimbombantes aunque vacuas y que, ni por un momento, dejaron traslucir sus verdaderas intenciones. Y, entonces, comenzó la ruina de la pobre infeliz.

Su nombre se hizo chanza, su recuerdo borroso, sus gestas difusas, todo se transformó en parabienes para el infame caballero y en desgracia para la antaño fuerte dama. Él, que prometió llevar su belleza por los cuatro confines del mundo, utilizó su confianza para medrar y obtener así todo aquello que no había conseguido en justa liza contra su adversario, el caballero Diego. Él le arrebató su nombre, lo pisoteó y degradó, lo convirtió en símbolo de mofa y escarnio. Se erigió en bufón de corte, en titiritero real, en metáfora
del desastre, el sectarismo, el oprobio y la negligencia.

La dama Cantabria no salía de su estupor, entre neblinas contemplaba su caída al vacío, la tristeza y vergüenza de su gente, la desesperación de aquellos que habían perdido todo mientras el infame caballero copaba portadas y noticias por sus continuos desprecios hacia el rigor y la verdad. Pero, ¿qué podía hacer ella? ¿llorar?, ¿rendirse y darlo todo por perdido? ¡No! ¡Jamás! ¡Eso nunca! La gentil dama decidió luchar, recuperar su pasado de grandeza y demostrar que la deslealtad y la infamia se pagan.

Escondida entre los muros de su prisión, encerrada tras los barrotes como una criminal, ideó un plan de lucha y, como Rapunzel antes que ella había confiado ciegamente en su príncipe, la dama Cantabria confió en el caballero Diego, de nombre Nacho, de grandes cualidades y notables virtudes.

Juntos emprendieron el camino hacia la libertad, hacia la justicia y la equidad, hacia los valores que ya creíamos perdidos, en resumidas cuentas, hacia todo aquello que un día vimos cómo se escapaba y queríamos recuperar. Los peligros los acecharon, la sombra del indigno fue muy alargada, su poder notorio y contra sus ansías de venganza lucharon denodadamente la dama y su caballero. Mas finalmente triunfaron y de esta victoria se hicieron eco todos los que amaban a la dama, su gesta se convirtió en canción y su entrega mutua los hizo fuertes y respetados.

Su andadura se inicia hoy pues el destino en justicia, los debe unir y así, un nuevo cuento con final feliz arrancará en mayo de 2011. Y colorín, colorado …

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